La
ardilla le ofreció el té y la tortuga lo aceptó
muy contenta, pues ella no tenía ya fuerzas para seguir
su marcha. La tortuga era un brahmana (sacerdote) muy renombrado,
que andaba predicando por el bosque a todos aquellos que quisieran
escuchar de Dios. Al día siguiente la tortuga estaba mejor
gracias a la solidaria ardilla que le ofreció el té
de nuez. Tortuga – Debo agradecerte amiga ardilla por haberme
asistido en semejante momento, sin preguntar quién era,
ni de donde vengo, me brindaste tu refugio y me asististe con
esmero.
¡Eres una gran persona, pues hiciste el bien sin mirar a
quien!
Esto demuestra tus virtudes, tu grandeza.
La
ardilla enrojecido por lo que decía la tortuga, bajando la
cabeza le dijo: yo no soy nada de lo que tú dices, pues si
no hubiese sido tan ambisiósa seguramente no me hubiese cruzado
en tu camino.
Tortuga –
¡Aún así tú eres grande, pues reconoces
tus defecto!
Tú
tienes un buen corazón, por eso yo te bendigo para que en
esta vida llegues a la Suprema Personalidad de Dios, alcances su
morada y lo sirvas con amor y devoción. Y con estas palabras
la tortuga se fue.